
Quizá sólo el Mediterráneo delate que esto es Andalucía. El paisaje fantasmagórico y la fisonomía colonial de La Almadraba de Monteleva remiten a geografías muy alejadas de este rincón almeriense junto a Cabo de Gata. Como en una pintura abstracta, la aparente sencillez del entorno provoca un caudal de sensaciones.

Pequeña población pesquera ubicada en torno a la playa de su mismo nombre. Este pueblo creció a principios de siglo para la explotación de la sal, integrándose en el precioso entorno de lo que hoy día es Parque Natural, con el atractivo adicional que ofrecen las Salinas: cientos de especies ornitológicas utilizan este ecosistema para invernar y descansar de los desplazamientos migratorios (desde San Miguel antes de llegar a la Almadraba de Monteleva parte un camino sin asfaltar hacia la izquierda que conduce al observatorio ornitológico). En la localidad destaca el edificio de la Iglesia.
Según el periodo en que se colocan se consideran de "derecho" o de "paso", si éste es de abril a junio, periodo en que se produce la migración hacia el interior del Mediterráneo para reproducirse; si se cala el arte de julio a septiembre, cuando la migración es en sentido contrario, una vez realizada la puesta, reciben la denominación de "retorno" o "revés".
SIGLOS XVI A XVIII
Las primeras noticias que se tienen sobre almadrabas en Almería datan de 1566. En esa fecha el Ayuntamiento de Almería acordó:
"que vaya un mensajero a la corte de S. M. y lleve una Instrucción a cerca de las Almadravas de Atunes que agora han aparecido en lo del Cabo de Gata" (A.M.AL.: Leg.:788, d.16.).
En el litoral de la actual provincia de Almería existía, en ese siglo, una actividad pesquera desarrollada con varias artes. Hay constancia de que se utilizaban nasas, trasmallos y artes de anzuelo; estas últimas desarrollaban una pesquería, entre los meses de junio y septiembre, que tenía como objetivo la captura de tiburones ("pescado de cuero"), de los que se utilizaba la piel para hacer cuero y la carne (Cabrillana, 1989). Todo el pescado capturado se debía vender y cargar en la Puerta del Mar de Almería (A.M.AL.: Leg.931, d 41).

La pesca de atunes, y de túnidos en general, es muy posible que se practicara desde mucho tiempo antes. En esos años coincidían varias causas que pudieron ser el origen de esta petición, a pesar del peligro que suponía la intensa actuación de los piratas norteafricanos en estas costas. Por una parte las almadrabas del Atlántico, Conil y Zahara, registraron las capturas más altas de su historia en 1588, por otra las concesiones para el fomento económico que se realizaron durante el reinado de Felipe II (López linage y Arbex, 1991). Desde un punto de vista más local se vería en esta medida una forma de aumentar los ingresos municipales o de asegurar el abastecimiento de la población, haciendo pasar lo que era una pesca libre a una pesquería con derecho de exclusivo de explotación o arrendamiento.

Los datos sobre su actividad o presencia se constatan en los años 1616, 162?(5), 1633 y 1659 (A.M.AL.: Leg. 920, d 45). El documento que aporta más datos es el acta de la reunión del Cabildo de 29-4-1659, en la que se especificó que se concedía permiso a Francisco Mirabel para calar una almadraba durante seis años. Algunas de las condiciones acordadas resultan de gran interés para conocer su situación y el tipo utilizado:
"en el Torrejón del Cabo de Gata (...) .y que otras Barcas no puedan pescar un cuarto de legua de la dicha Almadrava en contorno (...) que trayendo los sedales lances de Atunes solo haya de ceñir la cinta y no otro sedal por el seguro de la pesquera" (A.M.AL.: Leg. 788, d. 16).
Esto nos indica que esta almadraba, además de formar parte de los bienes de propios del municipio, era del tipo de vista y tiro por la denominación de las parte de que se componía. los miembros del Cabildo tenían un claro conocimiento de esta modalidad de pesca, al precisar que no se utilizasen dos sedales ya que esto equivalía a mantener dos almadrabas, lo que no se ajustaba al precio de arriendo acordado. Este tipo de pesca hacía necesaria la utilización de una torre de avistamiento, que difícilmente pudo ser la del Torrejón o la cercana de la Testa, al haber sido derruidas por los seismos de diciembre de 1658 (Gil Albarracín, 1996). Lo más probable es que cumpliera esta función la Punta de la Testa, los restos de las torres mencionadas o la de Torre García, ya que al ser un arte móvil su punto exacto de actuación podía variar. La distancia, un cuarto de legua (1,385 km), en la que excluía la pesca de otras barcas representa un claro ejemplo de reglamentación de la competencia con otros artes que, podemos suponer, serían aquellos a los que hemos hecho referencia anteriormente.
Su actividad debió ser casi continuada, a pesar de los sucesos históricos de este periodo y de los peligros que la piratería representaba para estas costas. En 1673 se nombró un capellán para los pescadores de la población de la Almadraba (Tapia Garrido, 1974). Este nombramiento estaba en consonancia, además de la espiritualidad de la época, con la mala reputación que tenían los empleados en otras almadrabas, especialmente las de Cádiz durante los siglos XVI y XVII, que incluso había dado lugar a que se constituyeran unas misiones de los jesuitas para superar la situación (Alvar, 1975).
Dicen que en la antigüedad este lugar estuvo tan poblado de focas monje, que los navegantes confundían sus gritos con los cantos de sirenas. De ahí el nombre de Arrecife de las Sirenas, lugar bellísimo, imagen repetida y representativa del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar. Sobre este arrecife se sitúa el faro. Desde el cerro de San Miguel o el de la Vela Blanca se observa una impresionante panorámica hacia el este y el oeste del parque: Las salinas, El Campillo de Gata, Cala Rajá, el Arrecife del Dedo, Punta Baja, San Miguel...


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