Por el cabo de Gata y Níjar. Donde la tierra se hace mar

Hacia el sol de levante Las aguas del Mediterráneo bañan, de nuevo, la
mayor parte de nuestra ruta, la cual transcurre bajo el sol de Levante. Una continua sucesión de playas, calas y ensenadas se prolongan, hacia el
norte, en atractiva fusión de estas tierras, visitadas, desde antiguas épocas,
por culturas y gentes procedentes de otros lugares. Importantes aprovechamientos
turísticos se distribuyen por una costa que, pese a todo, conserva en la
mayor parte de su espacio el carácter agreste y natural. Todavía hoy, inmersos
en el turismo de masas, podemos encontrar en nuestra ruta, escondidas playas
a las que sólo es posible acceder a pie o en apacible paseo en barca. En
ellas, la práctica del naturismo se integra armoniosamente con el entorno
virgen, resultando un hecho normal, nada discordante. El origen de la ruta
se sitúa en la villa marítima de Carboneras. Para llegar hasta allí, tomaremos
en Almería, la Autovía del Mediterráneo, en dirección Murcia, para abandonarla
cuando anuncie este destino. El acceso hacia el mar, atraviesa una parte
del Parque Natural Marítimo-Terrestre de Cabo de Gata- Níjar que, en su
extremo septentrional, tiene su límite en la próxima Punta del Santo, aunque
el área de Carboneras queda excluida de su protección. El relieve tabular
de La Mesa de Roldán, resalta en el horizonte, anunciando la pronta visión
de las azules aguas que bañan Carboneras. Antes de llegar a la localidad,
las altas dimensiones de la central térmica de Endesa y la fábrica de cemento,
chocan en nuestras retinas, no acostumbradas en estas tierras, a los inmensos
artificios del hombre. Al acercarnos a su paseo marítimo, descubrimos el
muelle pesquero, que de reciente construcción, protege la tradicional flota
pesquera de la localidad. Si elegimos bañarnos en algunas de sus playas,
podremos optar entre Los Coscones, El Lancón, Carboneras, La Marinica, Torrevieja
y La Salinicas. Pero si quieren disfrutar de una playa verdaderamente virgen,
no lo duden. Tomen el vehículo y diríganse hacia el sur. Al llegar al punto
de información de Mesa Roldán, podrán dar un agradable paseo (ya señalado
en la Ruta 1) hacia La Playa de los Muertos. Ya referimos el origen de este
nombre, que podrá encontrar el lector en anteriores páginas. Nosotros, optamos
por seguir el sendero que desciende, entre arbustos, a un pequeño mirador
natural y aún más abajo, hasta llegar a una de las playas más hermosas de
la zona. Disfrutemos de ella y cuando queramos, dispongámonos a volver a
Carboneras para continuar con la ruta. Dejadas atrás estas arenas, y una
vez en el pueblo, no debemos abandonarlo sin visitar el castillo de San
Andrés, germen y nacimiento de la localidad, allá por el siglo XVI, por
obra y gracia del Marqués de Carpio. Don Diego de Lope de Haro y Sotomayor,
decide en esa época continuar la fortaleza para procurar la defensa de estas
tierras, atacadas repetidamente por piratas turcos y berberiscos, saqueadores
de haciendas y personas, que vendían, más tarde, en los mercados de esclavos
del norte de África. Otras doce edificaciones defensivas como La Torre del
Rayo, de época nazarí, se dispersan por su municipio, poniendo una nota
de historia y leyenda en todos los recorridos propuestos. Si queremos profundizar
en su tradición y tipismo, podemos visitar la lonja de pescado o su variopinto
mercadillo -si la visita coincide en jueves-, o saborear sus mariscos y
pescados, entre los que sobresale el bonito ahumado y los galanes (característicos
de sus costas). Despidámonos de esta villa marinera, contemplando el islote
de San Andrés, desde el paseo marítimo y cojamos el coche para abandonarla,
siguiendo la costa, en dirección Mojácar. Ante nosotros se extienden 21
km de asfalto, que hay que transitar despacio, relajadamente, deleitándonos
con el batir de las olas a nuestra derecha y los relieves de Sierra Cabrera
a la izquierda. La transparencia y belleza de estas aguas, favorece su elección
por muchos submarinistas para el disfrute de las actividades subacuáticas;
por ello, es frecuente observar las boyas que advierten su presencia. Los
abruptos relieves de Sierra Cabrera, al aventurarse hacia el mar, dan lugar
a múltiples y escondidas calas, que nos invitan a desviarnos en cada momento,
haciéndonos sentir un poco descubridores, hollando tierras vírgenes. ¡Caiga
en la tentación y disfrute de ellas. No se arrepentirá¡. La Playa del Algarrobico
muestra su amplio arco frente a nosotros, cerrado al fondo por la Punta
del Santo, verdadero espolón rocoso que se sumerge en el mar. Algunas edificaciones
salpican las inmediaciones de forma relativamente armoniosa, sin estridencias
constructivas, en un buen ejemplo, nuevamente, de respeto y adecuación al
entorno. Para contemplar y poder recorrer pausadamente la playa, podemos
abandonar la carretera general y tomar la antigua, que discurre muy cerca
del mar, y donde podremos dejar el coche para pasear a lo largo de la orilla
y, si nos decidimos, darnos un buen baño. Al continuar, notamos pronto,
una marcada subida, que permite salvar el resalte pétreo de la Punta del
Santo, verdadera quilla de Sierra Cabrera hacia el mar. Sobre ella, un mirador
brinda la posibilidad de recrearnos, una vez más, en la playa que acabamos
de pisar y, descubrir al fondo el faro y el relieve calcáreo y volcánico
de La Mesa de Roldán. Abruptos acantilados y barrancos configuran este accidentado
relieve, donde el palmito constituye su formación vegetal más importante.
Una profunda rambla de paredes verticales, precede nuestra llegada al breve
caserío de Sopalmo. Sus pocas casitas, perfectamente encaladas, su fuente
embellecida con toda suerte de vegetación y sus alrededores, motivan nuestra
parada. Esta encantadora alquería es interesante punto de partida para realizar,
por lo menos, dos paseos. El primero, desciende la Rambla de la Granatilla,
hacia el mismo mar. El segundo, asciende por las laderas de la sierra, entre
caminos y senderos, hasta el mismo pueblo de Turre. Decididos a seguir el
itinerario, comenzamos un suave descenso, dejando atrás la ermita de El
Agua del Medio, muy próxima a otra gran rambla que atraviesa la carretera.
Este lecho fluvial reseco recibe el nombre de Rambla de Macenas y conserva
a lo largo de su curso una nutrida variedad de flora que, en primavera,
alcanza su mayor belleza, transformándola en un verdadero oasis de esplendor
y colorido. Una vuelta del camino descubre La Torre de Macenas; pequeña,
pero sólida, construcción artillada del siglo XVIII, protectora de estos
parajes. Abandonamos el terreno asfaltado y nos dirigimos hacia el sur,
por una pista en buen estado, con el ánimo de descubrir interesantes lugares.
Lo primero que percibimos es lo espectacular de su discurrir, colgada literalmente
del acantilado, observando algunos de los más espectaculares paisaje de
esta ruta. Una torre vigía nazarí, denominada El Perulico, corona un escarpe
rocoso con aspecto irreal, apareciendo en su exigua base, algunos arcos
naturales excavados por el continuo batir de las olas. Hasta el siglo XIX
fue utilizada para vigilancia por los sacrificados torreros. El colorido
contrasta entre el profundo azul del mar y el ocre dorado de las rocas,
en una plasticidad deseada por cualquier artista. Proseguimos por la pista
de tierra y llegamos a la Playa de los Bordonares que antecede a la del
Sombrerico. Elija el viajero la que más le guste, entre éstas, o las que
continúan hacia el sur, y prepárese, despojándose de cualquier tipo de prenda
y atadura, a sumergirse en estas aguas, con la seguridad de que el bullicio
de gente y los chiringuitos, habituales en otras playas, aquí no le romperán
la paz que, seguramente, en estos momentos le embarga. Cualquier paseo por
sus orillas, recogiendo multicolores piedras, conchas o erizos, le llevará
a descubrir pequeñas calas escondidas en los acantilados. Tome precauciones
con las mareas, y no corra peligros innecesarios, pues nos quedan muchas
cosas por descubrir y disfrutar. Rretocédamos hacia el castillo y dispongámonos
a continuar. De nuevo otro gran arco define La Playa de Macenas y del Indalo,
vislumbrando ya en la lejanía la llamativa imagen de Mojácar. Su visión,
de un blanco radiante, destaca sobre un azul nítido, constante telón de
fondo de esta localidad almeriense, renombrada como ninguna, en España y
más allá de nuestras fronteras. Pero antes de conocerlo llamamos la atención
al lector sobre sus dos localizaciones que diferencian el histórico emplazamiento,
del más moderno Mójacar Playa. Ya que estamos en la orilla del mar, comentaremos
primero algo de este último. Un moderno conjunto de edificaciones, donde
predomina el blanco inmaculado, se extiende desde el mar hacia las laderas
de Sierra Cabrera. A nuestro alrededor, se suceden formas y estilos que
enorgullecen a sus arquitectos y vecinos. Las formas redondeadas de los
remates de sus casas, las cúpulas, los minaretes, las escalinatas, las formas
cúbicas, los juegos de sombras y luces, completan un conjunto armónico,
perfectamente adecuado al entorno. Se trata una vez más, y quizás sea el
más importante de los ejemplos, de esa arquitectura constructiva que admiran
muchos almerienses, que, desgraciadamente, tiene el contrapunto en inmensas
representaciones en las costas españolas. Si queremos saborear un poco más
este pueblo humanizado y transitable, aparquemos el coche y recorramos el
Pueblo Índalo, germen y ejemplo del resto de edificaciones, donde se siente
una profunda herencia árabe, fácilmente identificable al ascender por sus
escalinatas y callejuelas. Tal calidad de vida, es bien aprovechada por
los turistas extranjeros que llegan a protagonizar toda la vida local. Anuncios,
rótulos, indicaciones, menús, etc…, se encuentran en idioma extranjero,
hecho éste que, humildemente creemos, menoscaba la personalidad de una localidad
con recursos y atractivos suficientes para mantener su propia identidad
hispana. Pero, en fin, es la contrapartida, las desgraciadas concesiones
que despersonalizan gran parte de las costas de nuestro país, en un malentendido
desarrollo turístico, que aquí, por lo menos, encuentra un idílico entorno.
Debemos abandonar este animado centro turístico si queremos descubrir ese
otro Mojácar, el de siempre, el tradicional, donde nació esta cultura indálica
que impregna toda la villa. Desprendámonos del coche, en algún estacionamiento
destinado al efecto, y preparémonos para recorrer este pueblo, hecho para
disfrutar andando. Nos daremos cuenta, por lo empinado de sus calles, que
crece alrededor de un cerro dominando una región históricamente poblada
por culturas que admiraron, al igual que nosotros, su benignidad. La cultura
del Argar, fenicios, griegos, romanos, cartaginenses; todos dejaron trazos
de su cultura en lugares como Rajada de Ortega, Cerro Cuartillos, Caldero,
Cabezo de Mata, Llano Manzano, etc… Pero sin duda alguna, la cultura árabe
transciende en su historia hasta tiempos muchos más próximos que la historia
transcribe. Este antiguo sultanato nazarí fue frontera cristiana y musulmana,
que erige para su defensa torres de vigilancia. Las continuas razias cristianas
encuentran reposo, cuando en junio de 1488, los Reyes Católicos envían a
Garcilaso de la Vega, como capitán encargado de entablar conversaciones
de paz con su alcalde. La entrevista es amigable y fructífera, pues permite
a sus moradores convivir en paz con los cristianos hasta mucho después de
la rebelión morisca. Si quieren conocer algunos monumentos andalusíes, pueden
visitar la ya mencionada Torre del Perulico o los restos de lo que fuera
su castillo, hoy convertido en templo parroquial, muy transformado. Algunas
fuentes y aljibes permanecen como parte de este árabe legado que ha trascendido
hacia algo mucho más importante y visible, aún hoy en día. Sólo tendrá,
el viajero, que deambular por las plazas, calles, pasadizos, arquerías,
callejones sin salida…, entonces estará viendo una trama urbana totalmente
árabe, similar a la que puede ver, si desde la capital, decide trasladarse
a nuestro vecino desconocido del Magreb. Si es afortunado y contempla alguna
antigua foto de esta ciudad, como la que apareace en la excelente publicación
de Almería Pueblo a Pueblo, podrá confirmar nuestra aseveración. Pocas imágenes
de España coinciden, tan realmente y hasta hace tan poco, en lo que este
país siempre fue: fructífera mezcla de culturas. El efecto singular de Mojácar
ha provocado una histórica atracción de peculiares personajes: estrellas
de cine, acaudalados extranjeros, buscadores de fortuna y sobre todo artistas.
Nos sentimos obligados a hablar de Jesús de Perceval, y el alcalde Jacinto,
promotores de la verdadera transformación de Mojácar. Ellos protagonizaron
un movimiento pionero que convirtió a esta villa del Mediterráneo en un
renombrado punto de encuentro de artistas, intelectuales, políticos, ricos
o “simplemente” viajeros como nosotros. Después del prolongado paseo, no
podemos dejar de adquirir algún recuerdo en los numerosos puestos y tiendas
que jalonan nuestro deambular por este pueblo con “duende”. Ha de tenerse
en cuenta que hasta aquí han llegado jóvenes y artistas de todo el mundo.
Unos y otros, crean desde sofisticadas obras de arte, hasta pequeños recuerdos
que bien pueden servir de memoria personal para volver algún cercano día
hasta aquí. Si se prefiere, todavía persiste una importante oferta artesana
tradicional, que va desde la ebanistería hasta la forja, pasando por los
textiles y la alfarería. Seguro que en este punto, cuando vamos a despedirnos
ya de esta luz inolvidable, el lector echará de menos algo. ¿Hemos acertado?;
efectivamente, dejamos para último lugar el mítico tótem que simboliza toda
Almería: El Índalo. Él habrá sido continuo acompañante de nuestros recorridos,
en fachadas, platos, pins, anillos, llaveros, pegatinas, camisetas, posavasos…;
en el exterior e interior de las casas, recuerda su carácter protector de
cataclismos, tormentas y otros maleficios. Este personaje que sostiene el
arco iris en sus brazos, tiene origen controvertido. Unos consideran que
se diseñó en un café de Madrid. Otros, entre los que nos encontramos, opinamos
que el verdadero origen está en La Cueva de los Letreros, en Vélez Blanco
-lugar que conocerá el lector, si se queda con nosotros, en el recorrido
de la Ruta nº 5-. Allí podrá contemplar el que puede ser origen de todos
los índalos del mundo. Poco y, a la vez, muchísimo más, podemos decir de
Mojácar; por ello nos prometemos volver para continuar descubriendo escondidos
rincones, como los antiguos lavaderos, la calle de En medio -que sigue la
primitiva muralla-, los bazares, la Iglesia de La Encarnación, los Arcos
de Luciana o la puerta de la ciudad, sin olvidarnos de entretenernos en
sus mercadillos, o descansar durante algunas noches en el Parador de los
Reyes Católicos, lo que nos permitirá vivir y saborear el ambiente nocturno
y diurno, a cual, más atractivo y sugerente. Volvamos al aparcamiento y
prosigamos la ruta. Dejamos atrás el mar hasta el fin de nuestro viaje,
y dirigimos nuestros pasos hacia Turre y Sierra Cabrera. Las blancas azoteas
impresionan nuestras retinas en las últimas imágenes que perdurarán hasta
nuestra segura vuelta a Mojácar. A solo tres kilómetros se emplaza Turre,
dejando entrever a sus espaldas los fuertes escarpes de Sierra Cabrera,
también denominada Sierra Dulce, que a pesar de su corta proximidad al mar,
encierra cotas muy cercanas a los 1.000 m. Destaca, como en la mayor parte
de estos pueblecitos, su parroquia, de gran factura (del siglo XIX), dedicada
a la Inmaculada Concepción y la ermita de San Francisco del siglo XVI. Su
poblamiento prehistórico, nuevamente, queda atestiguado en numerosos lugares.
El Paleolítico Superior, el Neolítico y otros períodos prehistóricos muestran
restos de su pervivencia en la Cueva de la Palmera, y la Cueva de los Murciélagos,
bajo el antiguo poblado musulmán de Teresa. Si es viernes, acerquése al
mercadillo. Curioseé entre los puestos; seguramente encontrará algo interesante,
sin ir más lejos, una fruta sabrosísima. Visite, si lo desea, los talleres
artesanos que ofertan trabajos y especialidades de esparto, encajes de bolillos
y latón. Al llegar a este punto, permítanos querido lector, hacer un comentario
aclaratorio que evitará confusiones. A lo largo y ancho de Almería, hemos
contemplado una prolífica y muy variada oferta artesanal que prácticamente
recorre todas las especialidades existentes en este país. Ahora bien, tal
riqueza, herencia y tradición de las múltiples culturas que habitaron estas
tierras, cuenta con una inexistente red de comercialización, lo cual dificulta
notablemente la adquisición de estas piezas. Así, en muchos lugares, resulta
toda una proeza, que la mayor parte de las veces acaba en fracaso, intentar
descubrir al artesano que se “esconde” en su casa y trabaja por encargo,
ofreciendo su producción a clientes ya asiduos. Claro está, que también
existen honrosas excepciones, como en Níjar, Sorbas, Albox o Mojácar, pero
son las menos. La mayoría de las veces nos contentaremos con ver alguna
producción ¿artesana?, en los chiringuitos de recuerdos, en plazas lejanas,
lamentando no poder adquirirlos “in situ”. Aunque pueda servir de poco,
desde estas páginas queremos animar a los responsables de las promociones
artesanales y a los mismos maestros, a que sigan el ejemplo de Níjar y de
la mayor parte de los lugares del resto de España donde avanza el asociacionismo
artesano. Tal vez así, lo que uno solo no puede permitirse, se tornará en
fácil solución para el colectivo y para nosotros, los clientes y admiradores
de la más primitiva industria y producción artística de Andalucía que, de
esta manera, podremos disfrutar de su adquisición. En nuestro paseo urbano
nos detendremos para tomar un tentempié o, ¿por qué no?, sentarnos a la
mesa. Si así lo decidimos, ¡enhorabuena!, habrá optado por comer en un pueblo
afamado por la cocina típica de la zona. Podrá elegir entre contundentes
guisos como las migas con tropezones, los gurullos, la olla de trigo, las
pelotas, los caracoles, la fritailla o el ajo colorao, amén de un buen surtido
de postres. ¡Buen provecho!. Tómese un café, y si es conductor, no abuse
del alcohol, pues vamos a visitar algunos de los lugares más recónditos
de la Sierra Dulce. Al salir del pueblo, en dirección a Turre, decidimos
antes, visitar las ruinas de la ciudad íbero-romana de Cadima; aunque este
nombre sea árabe, hace alusión al “pueblo antiguo”. Se localiza en la orilla
de la Rambla del Río Aguas, lo que ha provocado que los procesos erosivos
del río, vayan diezmando su superficie y que, probablemente, la harán desaparecer.
Parece seguro su poblamiento en el siglo II antes de Cristo, aseveración
histórica, refrendada por la cerámica y las monedas encontradas en sus cercanías.
Si vive en la capital y se acerca a las sedes que recogen hoy los fondos
del Museo de Almería, podrá ver una inscripción romana hallada en este lugar.
Para acercarse hasta aquí, desde la salida de Turre hacia Los Gallardos,
a la derecha de la carretera, serpentea un camino con un indicador que señala
Cadima. Tras cruzar el lecho del Río Aguas, que puede hacer honra a su nombre,
remontamos el escarpe de su orilla y proseguimos hacia la izquierda, por
encima de éste. Otro cartel, cerca de un cortijo, anuncia que nos encontramos
en ese paraje ¿Sorpresa?, efectivamente, no hay restos espectaculares, aunque
sí algunas partes de los muros de sus casas, y dicen los entendidos que,
restos de la almazara y molinos. Lo que sí observamos, es la presencia de
abundante tégula, clara alusión a un poblado de la cultura romana. Tras
la, no tan llamativa, pero creemos que interesante, visita, volvemos hacia
atrás y, al alcanzar el asfalto, tomamos dirección a Los Gallardos. Muy
cerca de aquí, a la izquierda de la carretera, todavía con las últimas casas
del pueblo a nuestra vista, ascendemos una empinada calle para acercarnos
al caserío de Torre Cabrera. Frente a nosotros se levanta airosa Sierra
Cabrera con un llamativo verdor, que también acompaña nuestro discurrir,
junto a una vega cubierta en toda su extensión del verde brillante de los
naranjos. La pista de tierra bordea los cultivos y, tras una serie de vueltas,
termina en un gran repecho donde aparecen las edificaciones de Torre Cabrera.
Nos sorprende, la siempre sugerente, y más en estas tierras, contemplación
de un lago que, incluso con alguna barca, anima a su paseo. Un cortijo de
colores terrosos, constituye un idóneo establecimiento dedicado al descanso.
Además, ofrece, en tan apartado lugar, la posibilidad de paseos en bicicleta,
a caballo, senderismo, etc. Todos los alicientes, en definitiva, para aquel
que quiera pasar unos días al margen del “mundanal ruido”, rodeado de vegetación
y agua en pleno corazón de la Sierra Dulce. El descenso explica ya la frondosa
vegetación, al recordar el lago que hemos visto más arriba. Alcanzamos,
de nuevo, la carretera y continuamos, bordeando la sierra, entre olivares
y pitas. A nuestra derecha, discurre el Río Aguas, arrastrando un fluido
lechoso, que nos traslada con la imaginación al no muy lejano Karst de los
Yesos de Sorbas. En las orillas de este río, se suceden molinos sugerentes
que dan la posibilidad, a quién lo desee, de realizar un interesante itinerario
opcional para disfrutar con su contemplación. Proseguimos atentos porque,
hacia la izquierda, parte una desviación que se adentra al verdadero corazón
de Sierra Cabrera, acercándonos a uno de esos lugares recónditos y desconocidos
de Almería. Una carretera con numerosas señalizaciones nos lleva pronto
a Cortijo Grande. Este pequeño pueblo, alejado de la costa, posee un campo
de golf y un elevado número de viviendas ocupadas, casi en su totalidad,
por turistas británicos, que se han convertido en residentes habituales
y en, algunos casos, definitivos. El pub y los bares muestran claramente
esta presencia extranjera en un paraje singular, lleno de vegetación, que
asume, como comentaba un trabajador de las instalaciones, el hecho de que
gracias a estos turistas tengan trabajo y futuro muchas gentes de los alrededores.
Si la sorpresa del lugar no nos ha cansado, aún hay más; continuemos escalando
la ladera montañosa que se eleva algo más adelante y acerquémonos a conocer
la singular Urbanización de Sierra Cabrera. La carretera es estrecha, lo
que exige precaución mientras subimos pausadamente, acompañados por el verde
entorno. Nos acercamos a dos despoblados árabes que tuvieron este origen
tras la expulsión morisca. Encima de la parte derecha de la montaña se encuentran
las ruinas de Teresa, que oculta un poblado del Paleolítico y del Neolítico.
Por otro lado, justo en donde hoy se ubica la urbanización citada, se emplazaba
el pueblo árabe de Cabrera. Cuando lleguemos a tal localización entenderemos
la recomendación de su visita, pues parece que, sus diseñadores, se hubieran
esforzado en recrear la reconstrucción del antiguo poblamiento. Tal es su
acierto en el uso de cúpulas vidriadas, minaretes, arcadas, colorido empleado,
formas, etc que a alguien puede recordarle -en su medida- los rasgos de
La Alhambra bajo Sierra Nevada. Agradecemos la existencia, aún, de arquitectos
con tan buen gusto y saber hacer. Y aquí estamos en medio de la montaña,
sorprendidos por la escogida urbanización de estos lugares y con la invitación
de descender hacia la vía general y proseguir hacia el, ya anunciado, pueblo
de Los Gallardos. El Río Aguas, acompaña la marcha, encajado en el terreno
y aportando sustento a la variada vegetación de la que sobresalen esbeltas
palmeras, rememorando paisajes norteafricanos. Si quisiéramos darnos un
buen baño, se nos plantean múltiples ocasiones para hacerlo, ya que en este
lado del río, algunos manantiales aportan agua que perdura, gran parte del
año, en pozos y charcas. Aunque no nos remojemos, merece la pena visitar
el molino de la Higuera o el de la Cueva, que mantiene su estructura pétrea
original y preside un gran paraje natural. Ya en la carretera, pasamos bajo
pinos centenarios que preceden la conexión con la Autovía del Mediterráneo.
Apenas la mencionaremos, pues nos desviamos, enseguida, hacia Los Gallardos.
Esta localidad, antaño pedanía de Bédar, se segregó de ésta en 1924, tomando
la categoría de municipio que hoy ostenta. Entre sus atractivos, citamos
los, ya visitados, restos de Cadima, las ruinas de los baños árabes de Alfarix,
el cauce del Río Aguas y el encajado Río Jauto, afluente de éste, con llamativas
paredes rocosas. Al retornar al asfalto, atravesamos la autovía, por una
carretera secundaria, en dirección a Antas. El paisaje es alomado, predominando
el matorral, hasta que se afianzan los campos de naranjos, anticipo de la
llegada a este pueblecito situado delante de los relieves de Sierra Lisbona.
Hablar de Antas es rememorar innumerables hallazgos arqueológicos; es hablar
de D. Luis Siret y su ayudante D. Pedro Flores, que encontraron incontables
vestigios de culturas pasadas. Los descubrimientos arrancan desde el Paleolítico
Medio, Superior, Neolítico y Bronce; siendo importantes los yacimientos
de la Cueva del Sermón, El Garcel, La Pernera, etc. Pero sin duda, el motivo
que eleva en la ciencia arqueológica española, a Antas, a lo más elevado
de nuestra prehistoria, es el hecho de que el citado arqueólogo, descubriera
El Argar; dando nombre a toda una cultura, que tuvo aquí el centro de su
irradiación en la Edad del Bronce. Siret localizó, en las cercanías del
pueblo, una ciudad de compleja estructura socioeconómica, con una necrópolis
formada por más de 1.000 tumbas y abundante utillaje. Antes de acercarnos
al yacimiento de El Argar, podemos visitar la iglesia de la Virgen de la
Cabeza, del siglo XVI y el Acueducto del Real de principios de siglo y,
el que lo prefiera, la ermita del Cabezo María, que acoge cada 8 de septiembre
una importante romería. El Río Antas, bordea el caserío por el norte, dejando
entrever entre los profundos cañaverales y carrizales, unos fuertes escarpes
en donde es fácil observar viviendas trogloditas, utilizadas hasta épocas
recientes y que todavía guardan algunas cabras, en un particular corral
tallado en la arenisca. A lo largo del río, los vecinos encuentran lugares
de baño y paseo, como el charco de El Goterón, Cajete y el de Las Palomas,
que reciben las aguas de Sierra Lisbona. Al abandonar ya el pueblo, nos
dirigimos a Vera, atravesando la frondosa mancha de vegetación que forma
el río, salvando sus abruptas orillas a lo largo de una empinada cuesta
en curva. No se detenga, pero sepa que atraviesa el famoso yacimiento de
El Argar. Reconocemos una sensación de respeto y cierta veneración al hollar
los mismos lugares que, hace miles de años, poblaron nuestros predecesores.
Paseémoslos, si este es nuestro deseo, pero con todo el cuidado que merecen
. Fértiles cultivos de naranjos, limoneros, granados y un gran número de
huertas, nos acompañan hasta llegar a Vera. Esta amplia localidad, cabecera
de comarca, es uno de los núcleos más significativos del Levante. A pesar
de ocupar tierras alejadas del mar, tiene en su municipio algunas de las
mejores y más extensas playas de la ruta, pero dejaremos su visita para
más adelante. Ahora recorreremos su interesante plano urbano donde se agolpan
monumentos y lugares de gran atractivo. Disfrutemos del paseo contemplando
su iglesia parroquial del siglo XVI, de estilo gótico, bajo la advocación
de La Encarnación, con excelente retablo barroco y la iglesia de San Agustín.
Asimismo, acerquése a la Plaza Mayor, presidida por la Casa Consistorial
del siglo XVI. No lo dude. Entre y suba las escaleras que conducen al primer
piso. En la recepción de los distintos despachos y oficinas podrá ver, colgados
de las paredes, los escudos de los diferentes gremios que hubo en la ciudad:
alpargateros, fondistas y posaderos, herreros, zapateros, hiladores, cocheros,
etc. Al salir puede visitar el Museo Histórico, y si es hora de comer, ¡adelante!.
Hemos parado en el lugar más indicado de toda Almería, donde atestiguamos
puede deleitarse la mejor comida tradicional de toda la provincia. Como
creemos que tal aseveración es acertada y correcta, el lector nos permitirá,
por una sola vez en esta guía, recomendarle que se detenga a comer en Terraza
Carmona. Este es un restaurante a la vieja usanza. Por sus salas, todavía
pasean las generaciones que precedieron a los actuales encargados de las
instalaciones. Su completa dirección familiar y el trato cuidado al comensal,
bien merecerían su visita. Pero, sin duda a la hora de pedir nuestro sustento,
será cuando admiraremos, de verdad, la riqueza de sus fogones, que nos depararán
los más suculentos platos. Recomendamos dejar la elección en manos expertas
del maître o del chef, que le abrumarán con una “cata” de los más variados
y apetitosos platos de la cocina almeriense. Nosotros no nos decantaremos
por ninguno, porque esperamos al final del ágape, su opinión. Es loable
el continuo proceso de recuperación de la cocina tradicional por esta familia,
que la ha llevado recientemente hasta tierras niponas para promocionar los
productos de la provincia. Para que puedan degustar, en sus casas, alguna
especialidad de las que allí se sirven, adjuntamos su receta de uno de los
platos más típicos de Almería. Tras la copiosa comida, y para no caer en
el letargo propio de la digestión, podemos acercarnos a contemplar el convento
de los Padres Mínimos, del siglo XVII, o el Real Hospital de San Agustín.
Desde allí, nos decidiremos a abandonar la localidad, y retornar hacia los
aires marinos de Garrucha. En el paisaje predominará el olivar, dejando
ver en el horizonte Sierra Cabrera y Mojácar, recostados sobre uno de sus
escarpes. Algunas construcciones se agolpan ya en modernas urbanizaciones,
anunciando la llegada a Garrucha. Lo más indicado, será acercarse a su afamado
puerto pesquero y deportivo y dejar nuestro coche en las inmediaciones.
Si así lo hacemos, podemos admirar la joya de la ciudad, el paseo marítimo.
Este prolongado mirador, con una espléndida barandilla de mármol blanco,
abre las puertas de esta localidad al mar y nos regala una atractiva playa
dispuesta siempre para el baño. Los hallazgos arqueológicos encontrados
en su solar urbano y en las cercanías, delatan un pasado que se remonta
a la cultura argárica, bien documentado ya en época musulmana. El comercio
y la pesca han sido desde entonces actividades cotidianas en sus gentes.
Hasta que en 1838 se descubre, en algunos cerros próximos, yacimientos de
plata que introducen a Garrucha en la fiebre minera, generalizada en toda
Almería y más allá de sus límites provinciales. Hornos de fundición, empresas
mineras, cables de mineral y ferrocarril, que traían del interior la materia
prima…, son sólo algunos de los elementos transformadores de la vida y
el aspecto de la ciudad. Tal fue la importancia y el prestigio social adquirido,
que llegó a tener 10 consulados de otros tantos países del orbe, amén de
casinos, teatro, club de tenis, etc. Recorremos por entero el paseo marítimo,
disfrutando de sus cuidados diseños y de la arquitectura urbana que se dispone
en su flanco. Si es curioso, también puede visitar la lonja del pescado,
al atardecer, para ver su subasta. Desde allí, nada más apetecible que acercarse
a alguno de sus numerosos restaurantes, o bares, para degustar las típicas
gambas de Garrucha, o los pescados que hemos visto hace unos momentos recién
sacado del mar. A partir de aquí, se extiende, hacia el norte, una continua
playa, que constituye la natural salida al mar de los municipios de Vera
y Cuevas de Almanzora. Puede recorrerse por sus orillas, hasta llegar a
Villaricos, donde continua la siguiente ruta. Si alguien decide pasear por
las enormes “orillas del Playazo” –aptas para el naturismo- antes atravesará
la urbanización de Puerto del Rey. Delante, “tan solo” queda una continuada
playa en la que por hoy nos despedimos de este más que interesante recorrido;
disfrutando del sol de Levante.

 

NO DEBE PERDERSE

SALINAS DEL CABO DE GATA

Pocos espacios hay en la provincia de Almería,

donde sea tan palpable la profusión de vida salvaje. La

elevada biodiversidad del entorno, con más de 150

especies de aves censadas en más de 300 has. de

aguas encharcadas, lo convierten en una de las zonas

más privilegiadas de toda Europa para la observación

ornitológica. La visión de miles de flamencos, levantando

su vuelo rosado sobre estas superficies de cristal salino,

será un espectáculo difícil de olvidar.

CABO DE GATA

Agrestes acantilados de Las Sirenas, azul cobalto

y verde esmeralda de sus aguas; ocres, dorados y

negruzcos relieves volcánicos, conforman un conjunto

fantástico y evocador entre la austeridad de la

naturaleza y la abrumación paisajística. Contemplar

este paraíso en la paz del atardecer o bajo el sol más

radiante, justifican, sobradamente, su calificación.

SAN JOSÉ Y ENSENADA DE LOS

GENOVESES

Pocos pueblos de la costa de Almería han sabido

conjugar, sin estridencias, el desarrollo turístico y sus

raíces más profundas. La estancia en este apartado

lugar se enriquece al encontrarse rodeado de calas y

ensenadas como la de Los Genoveses. Entre el Cerro

del Ave María y el Morrón de los Genoveses se enmarca

esta playa totalmente virgen donde fondearon las naves

que partieron a Lepanto.

PLAYA DE MÓNSUL

Próxima a la Torre de la Vela Blanca, cobijada

entre macizos volcánicos, se esconde esta ensenada,

verdadera joya del Parque Natural Terrestre-Marítimo del

Cabo de Gata-Níjar. Su espectacular acceso desde el

faro o desde San José, introducen más atractivos al

disfrute de un día de mar y sol en uno de los lugares

mejores conservados de Almería.

CALA DE SAN PEDRO

La inaccesibilidad del paraje permite el acceso

sólo en barco o a pie a este recóndita cala. Las ruinas

de un viejo castillo, una rumorosa fuente, las sombras de

la vegetación y un fondeadero, nos envuelven en una

mágica atmósfera que hará de la visita a este lugar
una

experiencia que, difícilmente, podamos sustraer de

nuestra memoria.

LA MESA ROLDÁN

Como una inmensa proa terrestre que avanza

hacia el mar, este impresionante cerro calcáreo,

adornado con una luminaria, se transforma en mirador

natural sobre las playas vírgenes del levante

almeriense. Cormoranes, alcatraces, águilas

pescadoras… son habituales visitantes de sus escarpes

rocosos, vigilando el pueblecito de Agua Amarga.

HUEBRO

Recibiendo de la Roca de Huebro el manantial de

vida y frescor, se agolpan unas pocas casas sobre las

laderas meridionales de la Sierra Alhamilla. Su

arquitectura tradicional, su profunda vegetación y la paz

que se experimenta al pasear por sus calles y descansar

a la sombra de su iglesia, merecen la subida hasta allí.

RAMBLA DE LAS AMOLADERAS

Al poco tiempo de acceder al Parque Natural

Cabo de Gata-Níjar, tenemos la oportunidad de

acercarnos al mirador ornitológico que se asoma a esta

extensa rambla. La amplitud del paisaje, su variada

vegetación y la presencia de numerosas aves esteparias

como: alcaravanes, ortegas y la admirada alondra de

Dupont, merecen esta calificación.

EL POZO DE LOS FRAILES

En pocos lugares de Almería, se conserva el

elemento primigenio que dio origen al municipio. En el

centro de la localidad podemos observar, perfectamente

restaurada, la noria que propició tal asentamiento. El

artificio hidráulico nos recuerda la importancia vital y

determinante del agua en este rincón del levante

español.

MIRADOR DE LAS AMATISTAS

Poco antes de llegar a Rodalquilar, un pequeño

desvío nos permite acceder a este bello mirador colgado

sobre los mismos acantilados. La belleza y colorido de

las cristalinas aguas chocando contra las rocas y el

entorno que se abarca desde allí, hacen imprescindible

su visita.

NÍJAR

En tan poco espacio, resulta difícil hablar de la

localidad que preside los Campos de Níjar. De antiguo y

prehistórico poblamiento, su devenir ha ido ligado a la

minería y en los últimos tiempos, a la agricultura. Hoy
en

día es un centro artesanal, quizá el más importante
de

toda la provincia. No podemos dejar de visitarlo y

comprar sus afamadas jarapas o la tan característica

cerámica multicolor.

La mayor parte del recorrido transcurre por

el Parque Natural Marítimo Terrestre del

Cabo de Gata-Níjar.

Este espacio natural, pionero del proteccionismo

andaluz, obtuvo su declaración en 1987 y ocupa

una ancha franja costera del sector sudoriental

de Almería. Por la riqueza de su avifauna también

fue declarado ZEPA (zona de especial protección

para las aves).

El interés geológico, unido a la importancia

y diversidad de su vegetación y fauna

marítima-terrestre, motivó la creación de esta

figura que permite a todos los almerienses

disfrutar de uno de los más atractivos parajes

de esta provincia.

Su relativo carácter inhóspito propició el que

no surgiera el “desarrollismo” costero de otras

zonas limítrofes, lo que favoreció sobremanera

su conservación. Más de 2.500 especies animales

y vegetales, pueblan sus costas, salinas, dunas,

barrancos, cumbres, acantilados, playas… en un

espectáculo que merece la pena esforzarse por conservar.

Resumir en tan breves líneas la enorme biodiversidad

de este espacio natural puede ser tarea ardua. Por

ello a lo largo de la guía se detalla este apartado.

La flora del Cabo de Gata sobrepasa las mil especies,

destacando algunos endemismos cono el dragoncillo del

Cabo, la aulaga mora, la clavelina del cabo, etc.

El tapiz vegetal predominante es el formado por

matorral y gramíneas. Tomillos, azufaifos espinosos,

cornical y esparto, comparten el terreno con bosquetes

de palmito (la única palmera autóctona en Europa).

Los barrancos y ramblas se pueblan de adelfas y tarajes,

y allá donde la humedad se incrementa, surgen

espadañales y cañaverales.

Entre las especies faunísticas que podemos avistar,

destacan en la estepa todas aquellas aves características

de estos espacios: alcaravanes, ortegas, sisones,

águilas perdiceras o la rarísima alondra de Dupont.

En las zonas de salinar la relación se desborda a

más de 80 especies entre las que señalaremos el flamenco,

las cigüñuelas, chortilejos e infinidad de aves limícolas.

Anfibios, reptiles y algunos mamíferos se encuentran

presentes en el parque, representados por el eslizón,

la víbora hocicuda, la culebra de escalera, el galápago

leproso, el erizo moruno, el zorro, la comadreja, el

tejón, etc.

Los mares encierran tal riqueza, que se han catalogado

más de 1.400 especies y vegetales que referimos dentro

del recorrido.

A lo largo del período terciario, durante diferentes

períodos acaecidos hace más de diez millones de años,

se gestó gran parte del terreno que observamos. La Sierra

de Cabo de Gata es un buen ejemplo de ello. Posteriores

procesos erosivos, unidos a transgresiones y regresiones

marinas, continúan modelando el paisaje que incrementa

su complejidad con la acumulación de depósitos cuaternarios.

Toda esta amalgama de minerales y rocas, además de otras

de mayor antigüedad, no citadas, provocan paisajes variados,

que nos muestran dunas fósiles y móviles, junto a depresiones

litorales, que se desarrollan al lado de fuertes relieves

volcánicos.

En el extremo sudoriental del parque, los relieves tabulares

muy transformados predominan, sobre un zócalo volcánico

bien marcado. Esta diferenciación geológica y geomorfológica

da lugar a erosiones diferenciales que favorecen para

nuestro disfrute la aparición de calas, ensenadas y pequeñas

playas.

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