Ruta de los Volcanes

RUTA DE LOS VOLCANES EN EL PARQUE NATURAL DE CABO DE GATA

 

La Ruta de los Volcanes

Itinerario geoturístico por
las formaciones volcánicas
del
Parque Natural de Cabo de Gata – Níjar (Almería)

El macizo volcánico más importante de la Península Ibérica
es la Sierra del Cabo de Gata. Dada la antigüedad del macizo (13-8 millones
de años), hasta nosotros no han llegado volcanes propiamente dichos,
sino sus restos erosionados por los ríos, el viento y el mar. De todas
formas, el paisaje que hoy podemos contemplar conserva una enorme variedad
de rocas, estructuras propias del vulcanismo y caprichosas formas debidas
a la erosion.

Comenzaremos nuestro itinerario desde fuera de la Sierra,
en el famoso Hoyazo de Níjar. Podemos llegar allí por una pista
que sale de la autovía Almería-Murcia, justo donde arranca la variante
que lleva a la población de Níjar. Pese a su forma de cráter, el Hoyazo
no es un volcán sino el resto de un edificio volcánico submarino
que se erosionó y sobre el que crecieron arrecifes coralinos. Cuando emergió
del Mediterráneo, la erosión fluvial hizo el resto, formando un curioso
valle circular sobre el que se elevan los arrecifes fósiles. Sus rocas
volcánicas son las dacitas de color gris, salpicadas aquí y allá por un
hermoso mineral rojo y redondeado: los granates que dieron fama al lugar.
Las arenas de las ramblas están llenas de ellos, a veces acumulados
en placeres de color carmesí.


Nos dirigimos ahora a San José, en el Parque
Natural del Cabo de Gata seguiremos nuestra ruta por la franja
costera que va desde la playa de los Genoveses hasta la torre de la
Vela Blanca. Son 6 ó 7
kilómetros de paseo a pie por las calas,
dunas, playas y acantilados, que pueden tomamos igual número de horas.
Existe una pista que lleva de San José a la Vela Blanca, perfectamente
practicable en bicicleta o automóvil. Sin embargo, la pista está cerrada
por una verja en su extremo sur y a veces también en la parte de San
José. Hay numerosos aparcamientos en las playas más importantes y desde
ellos podemos llegar por caminos a los principales lugares de interés
de nuestro itinerario. No obstante, recomendamos vivamente que éste
se haga a pie y con la tranquilidad que merece.

Partiremos de la maravillosa playa de los Genoveses. El tono
oscuro del Morrón se debe a la andesita, una roca volcánica
muy común en nuestra zona y en las principales cordilleras
volcánicas del mundo, como los Andes, de donde recibe su nombre.
Si seguimos por la acera del acantilado, llegamos al final
del promontono y nos encontramos con unas blandas paredes
blancas; son cenizas y tobas de algún volcán submarino proyectadas
por sus explosiones.

Volvemos
atrás hacia unas tierras de labor con abundantes pistas y tomamos
un camino que sale de ellas y sube a unas lomas contiguas al Morrón,
dejando luego unas fascinantes calas sin nombre. Allí encontramos
gran cantidad de rocas en forma de largas columnas, a veces con
aspecto de tubos de órgano. Son coladas de lava andesitica
que se fracturaron de esa manera al enfriarse rápidamente.

En el acantilado sur de la cala principal podemos
apreciar una serie de capas volcánicas que nos cuentan la pequeña
historia de la actividad volcánica del área. De abajo a arriba
vemos: cenizas endurecidas con algún bloque andesitico, luego
aglomerados de la misma roca y arriba del todo las coladas andesiticas
con sus tipicas columnas de enfriamiento.

Esto
nos demuestra que el antiguo volcán empezó a erupcionar muy violentamente,
con muchos gases que producían enormes y continuas explosiones,
pero que luego se fue calmando y al final salía la lava con relativa
tranquilidad.

Seguiremos nuestro itinerario ya por la línea de playa,
aunque a veces sea necesario bordear algún acantilado junto al
mar. Pasaremos a las dos calas siguientes, de gran belleza,
donde apreciamos de nuevo los aglomerados andesiticos. Y más allá
encontramos espectaculares columnas de lava, en todas las direcciones
y orientaciones, de todos los tamaños y matices. Posiblemente
sea aquí donde las formaciones columnares se muestran en todo
su esplendor.


Por un camino que trepa por lo alto del acantilado,
andamos y disfrutamos de las vistas que nos ofrece el Mediterráneo,
hasta llegar a la playa del Barronal. Al final de ésta se encuentra
un gigantesco filón volcánico vertical, donde el magma solidificó
en una enorme grieta dentro del volcán, sin llegar a derramarse
al exterior. Al otro lado afloran las bases de las columnas de
enfriamiento, dándole aspecto de muralla ciclópea.


Seguimos por esta nueva cala
y a su fin volvemos a tomar un camino ascendente que
pasa junto a la hermosa y frágil duna rampante de Mónsul y bajamos
a la playa de este nombre. Aquí el mar ha erosionado los acantilados
de aglomerados andesiticos y los ha convertido casi en una obra
de Antoni Gaudí. El paseo por estas socavaduras y cornisas, hasta
llegar casi de improviso a la ensenada de la Media Luna, nos fascina
y nos asombra, haciéndonos reflexionar sobre la enorme cantidad
de explosiones y avalanchas que se producirían en las erupciones
de hace millones de años.


Desde esta ancha playa, pasaremos por fantásticos
lugares
hasta llegar a un cabo en forma de lomo de
ballena, bellísimo al atardecer: la Punta Redonda. Sobre una base
de cenizas y tobas blancas fluyó una espesa colada de lava andesitica,
que se enfrió rápidamente originando las columnas de mayor altura
de la zona.

Poco más allá, otro promontorio nos cierra definitivamente
el paso y ya no es posible seguir caminando a la orilla del mar.
Se trata de un poderoso filón de dacitas, las mismas rocas del
Hoyazo, pero de color rojizo debido a la meteorización debida
al agua y al aire. Tendremos que volver atrás, casi hasta la ensenada
de la Media Luna por la pista que sube a la Vela Blanca, escarpados
cerros de andesitas nos muestran agujeros y covachas excavados
por la erosión: son taffoni, típicos de las rocas volcánicas gruesas,
que se disgregan con relativa facilidad.


En la Vela Blanca termina nuestra ruta.
Desde allí contemplamos un paisaje volcánico riquísimo en formas
que nos hablan de la eterna lucha entre la energía interna
de la Tierra, que crea el relieve, y la energía solar que, moviendo
el aire y el agua, lo destruye.

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