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El Viento y el Agua en la Construcción de un Paisaje Cultural

 

El Viento y El Agua en Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar (Almería)

 

INDICE:

 

La arquitectura del paisaje

Los dos conjuntos de Bienes que se presentan en esta publicación, han sido inscritos en el

CGPHA no sólo por tratarse de una buena muestra de singularidades arquitectónicas de mayor o

menor valor estético, por su “rareza” o porque desde una nueva mirada, a través de los bienes tradicionales

o populares, se pretenda ensalzar un pasado más o menos lejano; tampoco pretende ser

una mera -aunque justificada- compilación de construcciones que representen diferentes logros y

evolución de la “técnica tradicional” en los espacios referidos. Se inscriben, sobre todo, por la gran

cantidad de significados que estos bienes aportan sobre la cultura territorial de dos zonas bien diferenciadas.

También por la capacidad de estos conjuntos para expresar la extensión de diferentes

procesos de ocupación, en distintos territorios, bien sea por la carencia o dificultad para el aprovechamiento

de los recursos en unos casos (Cabo de Gata-Níjar), o por la peculiaridad en la disponibilidad

y modos de reparto en otros (algunas zonas en los Vélez). Conjugado todo ello con sus

peculiares circunstancias históricas, han construido marcados discursos en el territorio, de los que

estos bienes son una buena expresión, tanto de la magnitud como de la cualidad, de su implantación

en el mismo. Éstos dialogan con otros muchos aspectos de lo humano y lo resumen (técnica,

trabajo, relación con la naturaleza, etc.) conformando auténticas culturas que construyen y edifican

el territorio. La suma perceptible de estos aspectos territoriales, y entre los que tan importante

lugar ocupan los bienes inmuebles catalogados, conforman paisajes que contextualizan y forman

parte inextricable del patrimonio de cualquier comunidad.

Así, el viento y el agua, a través de los aljibes, norias y molinos del Cabo de Gata-Níjar, construyen

y marcan fuertemente el territorio hasta el punto que, en ocasiones, estas edificaciones son

los únicos elementos materiales capaces de significarnos sobre el terreno que el hombre ha estado

asentado en él. Incluso los pequeños espacios de aprovechamiento agrario se hacen incomprensibles

a la mirada dadas las condiciones climáticas y geológicas sobre las que se asientan, siendo las

norias las que permiten el aporte de agua que por las características geomorfológicas del territorio,

no quedaría disponible para su utilización por el ser humano. De igual modo, el pastoreo sobre

extensas zonas deshabitadas y sin aportes de aguas superficiales o por pozos tradicionales, precisó

de depósitos de agua que en muchas ocasiones se ubican sin ninguna relación aparente y descontextualizados

de cualquier otro elemento humano. Estos aljibes han permitido sacar el hábitat

fuera de los núcleos urbanos, que se producían especialmente en torno a las norias, y llevarlo incluso

a parajes claramente hostiles para el asentamiento. El viento por su parte ha sido el encargado

 

En este sentido, los bienes inscritos en el CGPHA de los Vélez y del Cabo de Gata-Níjar muestran

un interés no sólo arquitectónico, sino también geográfico (en tanto que bienes que denotan una

relación del hombre con el medio), histórico (como constancia material de procesos largotemporales)

y etnográfico (como estructuras y espacios que nos hablan de modos de organización de comunidades).

Todo ello viniendo a enriquecer el concepto de Patrimonio, a través del paisaje, para

aumentar la comprensión de lo humano más allá de los grandes hitos históricos que hayan dejado

una impronta a través de inmuebles de carácter histórico-artístico (grandes edificios ligados al

poder civil, religioso o militar, grandes infraestructuras, etc.).

En esta línea el geógrafo Martínez de Pisón expone que (...) el paisaje es la cultura territorial de

una sociedad. La cultura de un determinado pueblo se materializa en diversas manifestaciones generales

y el paisaje puede ser una de ellas (Zoido, 1989: 137). Esta reflexión es importante por cuanto

diferencia la idea del paisaje de la mera concepción artística, tan marcada desde la pintura, o desde

los valores estético-emotivos que todo individuo produce por la contemplación visual de los espacios.

No obstante, también las percepciones tienen una vertiente cultural, con lo cual la atención a

éstas para una aproximación rigurosa al paisaje puede ser de gran interés. Así, desde la antropología,

se ofrecen consideraciones interesantes en esta línea como las expuestas por G. Lenclud: El paisaje

es un dato construido por una percepción (...), informada por un sistema de ideas-valores (idea

de lo que es un paisaje y valor de lo que él debe ser). La percepción de un paisaje es pues una operación

social y culturalmente determinada (Voisenat, 1992: 138).

La aportación de la antropología al estudio del paisaje, y en el caso que nos ocupa el paisaje tradicional,

es la comprensión del mismo, en tanto que impronta material de una cultura a la que subyacen

unos valores, saberes, creencias, mitos, rituales, que operan no sólo para la construcción del

paisaje sino también en su forma de percibirlo, crearlo, reinventarlo, apropiárselo y vivirlo. La toma

de conciencia del territorio como capital simbólico refuerza la identidad de las comunidades con respecto

a su paisaje. La aportación de una aproximación etnológica al paisaje, lo más cercana al terreno,

se caracteriza porque esta disciplina está especializada en el trabajo en la frontera de lo concreto

y de sus representaciones de forma que permite reunir una aproximación material y una aproximación

sensible al paisaje, a menudo disociadas en las divisiones disciplinares. Desde la antropología

francesa (Voisenat, 1992) se han abordado tres líneas de investigación complementarias:


• Una primera investiga sobre los modelos culturales, el reconocimiento y la clasificación

de los paisajes: ¿qué es lo que hace paisaje, para quién y en función de qué criterios?

• La segunda aproximación considera ante todo la percepción del espacio en tanto que

paisaje como una nueva práctica social construida como complejo de interacciones, conflictos,

entre poderes públicos, instancias profesionales, asociaciones locales, habitantes

del lugar y usuarios potenciales.

• La última, intenta averiguar la relación con el paisaje entre las representaciones y las

utilizaciones del espacio en el medio rural.


En el caso que nos ocupa, nos centramos en los aspectos del paisaje de estas zonas en los que

los distintos elementos que lo conformaban se mantienen al menos en suficiente grado como para

poder reconocer la existencia de anteriores culturas del territorio y que se han conservado o hibridado

con la actual.

A este respecto, la definición que proponen los etnólogos Provansal y Molina: utilizamos el término

tradicional en el sentido de prácticamente desaparecido pero, en cambio, omnipresente en un

pasado que, por otro lado, se presenta como indefinido y próximo al mito (Provansal, 1992: 410)

puede ayudarnos a comprender la relación entre aspectos que conforman anteriores culturas del

territorio y la forma de interactuar con el presente.

Son precisamente estos elementos, que tradicionalmente han conformado los paisajes, los que

hacen de los mismos un recurso patrimonial. Es muy habitual concebir como patrimonio todos

aquellos elementos de la cultura que ayudan a ligar una comunidad con su pasado tanto desde el

punto de vista inmaterial (costumbres, fiestas, rituales) como desde el punto de vista material

(patrimonio mueble o inmueble). De igual forma, crecientemente, compartimos la importancia de la

naturaleza y su conservación como parte de un patrimonio fundamental para la humanidad. El paisaje,

por su parte, nos evidencia la interacción del hombre con la naturaleza, y esto trae consigo

distintas plasmaciones sobre el territorio que, en algunas ocasiones, por su riqueza, singularidad,

belleza o excepcionalidad, puede ser un recurso. Ahora bien, concebir un paisaje como recurso trae

consigo la necesidad de la comprensión de su fragilidad.

Dado que el paisaje es el conjunto y la interacción de sus diferentes elementos, no es posible

actuar sobre unos sin que se resienta la imagen del conjunto. Por tanto, si bien estamos hablando

de paisajes con grandes valores desde el punto de vista del patrimonio, no es menos cierto que

parte de los elementos que los conforman se encuentran en avanzado proceso de alteración, como

es el caso de la arquitectura tradicional, o bien en la acelerada presencia de elementos que están

evolucionando el paisaje hacia nuevas formas que se alejan del equilibrio, a veces conseguido por

las, hasta aquí, anteriores culturas del territorio. No se trata, en la gran mayoría de los casos, de

“impedir” la evolución de estos paisajes, ya que la introducción de elementos como carreteras,

cableado eléctrico o telefónico, construcciones de invernaderos, nuevas edificaciones, etc. son

necesarias en tanto que adecuaciones de estas zonas para la satisfacción de necesidades actuales,

pero éstas deben realizarse tomando muy en cuenta el lugar sobre las que se implantan, de forma

que no se destruya la posibilidad de preservar un paisaje, entendido tal y como se ha abordado,

como un potencial recurso, también éste, no lo olvidemos, de desarrollo.

Insistir, una vez más, en la importancia de la Ley de Patrimonio Histórico Andaluz y de su figura

de protección, la inscripción genérica colectiva, por su capacidad de incidir en la identificación

de importantes elementos configuradores del paisaje, así como de su facultad para fomentar su preservación.

Sin embargo, claro está, no se trata de hacer recaer la protección del paisaje sobre la Ley

de Patrimonio, ya que ésta es una tarea colectiva que debe llevarse a cabo tanto desde el plano teórico,

con la concurrencia de las diversas disciplinas implicadas (geografía, historia, arquitectura,

etnología, etc.), como desde la acción de las diferentes administraciones para regular y sensibilizar

al conjunto de la sociedad, cuyos agentes son quienes, finalmente, se relacionan con los elementos

que componen y construyen los paisajes.

 

Aljibes, norias, molinas, molinos de viento y molinos hidráulicos.

Los aljibes, tanques, norias, molinas y molinos de viento del Parque Natural de Cabo

de Gata-Níjar tienen, en primer lugar, un alto interés etnológico (valores funcionales,

morfológicos, tipológicos y simbólicos) al presentar un elevado número de elementos

reveladores de la singularidad cultural de toda esta zona árida. Los elementos etnológicos

seleccionados actúan como marcadores identitarios de los habitantes del Campo de

Níjar permaneciendo profundamente arraigados en su memoria colectiva, recordándoles

un pasado cercano en el que el constante trabajo sobre un territorio, cuyas características

físicas lo hacen especialmente difícil de habitar, ha dado lugar a un acerbo cultural,

de valores, actitudes, comportamientos sociales, técnicas y herramientas en un proceso

de cambio continuo.

También, estos bienes etnológicos, en algunos casos, presentan un importante valor

histórico, de gran interés científico y arqueológico, como testimonios representativos

para el conocimiento de la ocupación de diferentes culturas de este medio desértico,

único en Europa, con precipitaciones inferiores a los 250 mm anuales. El aislamiento producido

por un déficit en las comunicaciones, así como su insólita belleza, han convertido

esta zona, según la moderna voluntad estética, en un lugar de indudables valores artísticos

siendo objeto de diferentes manifestaciones por parte de pintores, fotógrafos, escultores,

literatos, etc.

El acelerado proceso de transformación económica y social de los últimos decenios,

con un crecimiento desordenado, y a menudo ilegal, de las infraestructuras de la nueva

agricultura (invernaderos, almacenes, etc.) y de la presión inmobiliaria, y el grave riesgo

de desertización y salinización de los acuíferos subterráneos, no ha modificado el paisaje

tradicional del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar con la amplitud e intensidad de

otros lugares de la provincia de Almería de características similares.

La estructura social y económica de esta zona, la estabilidad y rigidez de los sistemas

hidráulicos y las técnicas de cultivo y aprovechamientos tradicionales, han permitido

que, hasta muy recientemente, los bienes etnológicos documentados hayan estado en
uso continuado modelando el paisaje con su propia estructura material, por los contrastes

de vegetación que introducían y por la existencia de canales de distribución y

cultivos asociados.

Los pozos, aljibes y estanques representan diferentes mecanismos de captación, almacenamiento,

distribución y gestión del agua pluvial y subterránea que conforman eficaces

sistemas hidráulicos que aún se mantienen en uso doméstico, agrícola, ganadero o

forestal indispensables para la vida cotidiana del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar.

Los grandes aljibes ganaderos, no obstante, han perdido progresivamente su importancia

por el declive de la ganadería trashumante.

Los molinos de viento, introducidos en el s. XIX, perdieron su funcionalidad en los

años 70, y desde entonces, el abandono generalizado ha originado su mal estado, con

pérdida de la maquinaria y de la mayoría de los elementos de madera vinculados al

inmueble. No obstante, los molinos de viento y las molinas o norias de viento son elementos

o hitos paisajísticos fundamentales en la permanencia de la configuración histórica

y actual del paisaje. Tipológicamente el molino de viento almeriense y la noria de

viento tienen gran importancia al configurarse como variantes del molino de viento cartagenero,

aunque con características propias que lo diferencian del mismo.

Las norias, con un origen impreciso, son parte de un complejo hidráulico formado por

el pozo, la propia noria, las balsas, el lavadero y la huerta próxima. El desfase tecnológico

de las norias hizo que fuesen sustituidas por bombas y motores de gasoil o eléctricos

permaneciendo hoy en un estado de ruina progresiva, con alguna excepción notable

como la Noria del Pozo de los Frailes, ya rehabilitada.

 

El Campo de Allá: un paisaje excepcional

 

El Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar se ubica en el área subdesértica del sureste de

la provincia de Almería. La zona queda incluida, por sus características físicas e históricas,

en el Campo de Níjar, que puede dividirse hoy en dos zonas bien diferenciadas que

vienen a coincidir básicamente con lo que tradicionalmente los habitantes de Níjar denominaban

como Campo de Acá, una vasta extensión entre Sierra Alhamilla y la Serrata, y

donde se sitúa el propio pueblo de Níjar, y una segunda zona, más próxima al litoral,

donde se extendía el Campo de Allá, entre la Serrata y el mar.

En la primera zona, la agricultura de cultivos de invernadero ocupa una gran parte de

la misma, constituyendo un nuevo paisaje agrario en construcción y en la que el paisaje

tradicional ha desaparecido prácticamente. La segunda zona, que se corresponde a grandes

rasgos con los límites del actual Parque Natural, tiene una extensión de 38.000 has

terrestres (y 12.000 marítimas) situadas en una estrecha franja que bordea el litoral. Esta

zona se caracteriza por la pervivencia significativa del paisaje tradicional, así como por

el avance de un reciente turismo de litoral atraído por la insólita belleza de su paisaje. La

Sierra de Cabo de Gata está considerada como el mejor y mayor exponente europeo de un

macizo de origen volcánico. Su clima es de tipo desértico mediterráneo, con una media

anual de lluvia que no supera en la zona más extrema los 150 mm. Desde un punto de

vista ecológico representa un lugar único en Europa, por abrigar especies vegetales o animales

propias de zonas desérticas o semidesérticas.

Orográficamente se pueden distinguir cuatro unidades: comenzando desde el interior,

la primera es la Serrata de Níjar, la segunda es la Depresión intermedia entre la

Serrata y la Sierra del Cabo de Gata, la tercera es la Sierra del Cabo de Gata que constituye

una franja litoral de relieve abrupto de valles muy encajados que configuran un litoral

acantilado, salpicado de pequeñas calas de difícil acceso y algunas playas más abiertas.

La cuarta zona es la llanura del litoral de la bahía de Almería, el Campillo de Gata, donde

se sitúan las salinas aún en producción.

 

Edafológicamente, se produce un proceso erosivo que alcanza niveles alarmantes

debido a una intensa deforestación, acentuada por un progresivo abandono de los terrenos

relativos a la agricultura tradicional, así como por el sobrepastoreo, la escasez de

precipitaciones y la transformación de la cobertera edafo-vegetal debido a las actividades

mineras.

Orografía volcánica del Parque Natural de Cabo de Gata Níjar..

 

La flora del Parque tanto terrestre como marítima tiene un gran interés biogeográfico

debido al alto porcentaje de distribución de taxones de origen norteafricano, algunos de

los cuales, a nivel europeo, sólo residen en el Parque. Presentando, igualmente, elementos

endémicos de la Sierra del Cabo de Gata. En cuanto a la fauna, por un lado se encuentra

la que habita la franja litoral, con una rica variedad de hábitat y una mayor variedad

faunística, el 70% de endemismos en invertebrados. De especial importancia es la albufera

del Cabo de Gata, zona de tránsito de numerosas aves migratorias, y de nidificación,

especialmente del flamenco.

La llanura interior es la más afectada por la actividad humana con la consiguiente pérdida

de riqueza faunística, albergando una fauna de estepa (destacar la comunidad ornítica).

La sierra es habitada por una fauna especialista, vertebrados superiores de

características depredadoras (rapaces y carnívoros). En cuanto a los invertebrados es

importante por la existencia de endemismos locales. En el medio marino, la característica

general es la homogeneidad ecológica, típicamente mediterránea, con gran diversidad

animal (mil cien especies).

Históricamente, esta escasez de agua forzó un cultivo de secano de muy baja productividad

y de precario equilibrio, con abundantes terrazas en laderas muchas veces escarpadas.
Los cultivos de regadío se desarrollaron en las cortas ramblas donde podían

regarse pequeñas extensiones de huertas gracias a las norias. También han dejado en el

paisaje una gran impronta los cultivos de plantas tales como las chumberas y atochares,

que ganaron terreno a la vegetación autóctona al implantarlos con la finalidad de completar

la alimentación humana y animal, así como por intentos fracasados de cultivos

para aprovechamiento industrial (el caso de las chumberas).


Vegetación de clima semiárido

 

El poblamiento humano se caracteriza por un gran número de pequeños cortijos,

algunas cortijadas de mayor tamaño, así como pequeños núcleos que se sitúan junto a las

ramblas donde el agua se consigue de los pozos. La vivienda tradicional tiene unas características

particulares: volúmenes cúbicos, una sola planta, arcos fajones, contrafuertes,

etc. y edificios anejos como cochiqueras (zahúrdas), hornos, aljibes, donde por contraste

con las formas cúbicas de la casa abundan las formas redondeadas. Todo en su conjunto

muy adaptado a las condiciones del terreno, de donde se extraían todos los materiales utilizados

en la construcción de las viviendas (piedras, pitanco, tierra, yeso y cal).

El juego que se produce entre todos estos elementos y factores, tanto naturales como

humanos, articula un paisaje cultural de características excepcionales, en el cual las

construcciones tradicionales tienen un importante papel. Estos elementos, sobre todo los

aljibes y molinos, proporcionan una fuerte impronta al territorio constituyéndose en

hitos paisajísticos por su diseminación en algunos casos y por su concentración en otros.

En conjunto estas construcciones forman un patrimonio etnológico único en Andalucía,

por la elevada concentración y características tipológicas en el caso de los aljibes, por el

uso de artes de madera en el caso de la norias de sangre, y en cuanto a los molinos de

viento por ser el único lugar de la región (junto con Vejer de la Frontera, en Cádiz) donde

los encontramo


Cultivo en terraza de chumberas.

 

Cultivos de secano en el Playazo

 

Todas estas características hacen de Cabo de Gata un conjunto visual de marcados

contrastes: tonos marrones oscuros de los relieves volcánicos, los azules intensos del

mar y el cielo, los tonos ocres de la tierra y las ruinas arquitectónicas, el blanco de las

construcciones, o los verdes de la vegetación. En cuanto a las formas, las ondulaciones

de las sierras contrastan con la llanura del mar y las ramblas, y con las líneas rectas de

las antiguas terrazas de cultivo.

En los últimos treinta años, en la configuración del paisaje de Cabo de Gata han venido

a sumarse factores nuevos. El primero de ellos es el turismo que se ha desarrollado

sobre pequeños núcleos en la zona costera, pero en unos niveles muy inferiores a los

del resto del litoral español. No obstante a pesar de tener un desarrollo turístico limitado,

las construcciones generadas no siempre se han adaptado a las características tipológicas

constructivas tradicionales.

Cultivos de secano en el Campillo de los Genoveses y Cortijo del Fraile. Riego ligado a noria en La Isleta del Moro.

El segundo factor que incide en el paisaje es la nueva agricultura de invernaderos. El

paisaje tradicional del Campo de Níjar ha quedado fuertemente transformado por el cultivo

bajo plásticos, que en la actualidad presiona sobre los límites del Parque.

Otro grupo que hoy actúa sobre el paisaje es el de los nuevos residentes, personas

llegadas al territorio del Parque atraídas por el exotismo de la zona. Fenómeno éste ligado

a los trabajos de pintores, fotógrafos, escritores y cineastas que, entre otros, han publicitado

una determinada imagen del lugar. Son residentes permanentes y estacionales que

portan su propia perspectiva sobre lo que es y debiera ser el paisaje de Cabo de Gata.

 


La población autóctona emigró en una gran proporción, ya desde principios de siglo, hasta Argelia

y Marruecos (en la llamada “emigración golondrina”) y posteriormente hacia el norte de España y

Europa Central, como el resto del sur peninsular. Esto supuso un abandono de gran parte del territorio,

de los cortijos más aislados y de la agricultura tradicional, con la consiguiente transformación del paisaje.

Con la revitalización económica, parte de la población autóctona se suma a la actividad turística o a la

nueva agricultura, al tiempo que regresan parte de los emigrados que rehabilitan sus antiguas casas.

Por último, tanto los ayuntamientos (Níjar, Carboneras y Almería) como la figura del Parque Natural

aportan sus propias concepciones sobre la mejor gestión de este territorio.

Éstos son los principales grupos de acción que intervienen hoy sobre el paisaje. Todas estas posturas

suponen actuaciones diferentes sobre el territorio, no siempre compatibles, y que se ponen de manifiesto en el paisaje.

 

Cortijo Montano


 

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Fuente: Consejería de Medio Ambiente Junta de Andalucia

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